La Economía de la Atención

Concienciousness through stories

Jordi Varela

Documentary Storyteller

17 May
2020

Desde hace algunos años se viene diciendo que en la era actual, regida por la tecnología de la información y el neoliberalismo, la divisa más preciada es la atención. Los ciudadanos ya no son sólo consumidores sino también productos; si una empresa logra captar su atención no sólo puede venderles un objeto de consumo sino que puede también vender o beneficiarse de la información que produce la captación de la atención. “Ya sea que la atención llegue como genio o logro de la voluntad, entre más se atiende un tema evidentemente más maestría se logra. Y la facultad de comandar una atención divagante una y otra vez es la raíz misma del juicio, el carácter y la voluntad… Una educación que aumente esta facultad sería la educación por excelencia.” Decía William James, uno de los más brillantes pensadores de los últimos 150 años, que había sugerido basar nuestra educación en el entrenamiento de la atención. El mundo actual ha hecho todo lo contrario y se puede argumentar que colectivamente padecemos un trastorno de déficit de atención, con su pérdida de libertad como consecuencia principal.

Economía de la atención. Ilustración por David Parkers
Economía de la atención. Ilustración por David Parkers

Todo tiene un motivo; el narcisismo, a través de las redes sociales en internet hace imposible una contra-respuesta racional y adecuada al Poder, el cual es el beneficiado. No hay revolución posible. Vivimos realmente en una ilusión de libertad. No somos tan libres. Se ve que la comunicación que se considera libertad se transforma en vigilancia. La técnica de poder del sistema neoliberal no es ni prohibitiva ni represiva, sino seductora. Se emplea un poder inteligente. Este poder, en vez de prohibir, seduce. No se lleva a cabo a través de la obediencia sino del gusto. Cada uno se somete al sistema de poder mientras se comunique y consuma, o incluso mientras pulse el botón de «me gusta». El poder inteligente seduce a la psique, la halaga en vez de reprimirla o disciplinarla. No nos obliga a callarnos. Más bien nos anima a opinar continuamente, a compartir, a participar, a comunicar nuestros deseos, nuestras necesidades, y a contar nuestra vida. Se trata de una técnica de poder que no niega ni reprime nuestra libertad sino que la explota. En esto consiste la actual crisis de libertad.

Esta perdida de atención produce una alineación social y, en consecuencia, “la Expulsión de lo distinto”, como titulaba Byung-Chun Han en el libro de mismo nombre. Cuántos padres se endeudan para poder llevar a sus hijos a Disneyland después de aprobar los exámenes, o comprarles un teléfono móvil de última generación para que puedan chatear durante todo el día con sus amigos. Lo hacen no porque quieran, o porque puedan, o porque les parezca bien. Lo hacen para evitar que sus hijos sean señalados en su colegio, por sus amigos. Por el qué dirán. Temen que eso, el hecho de que no tengan algo que tiene todo el mundo, les diferencie. Son prisioneros del terror de lo igual

Son prisioneros del terror de lo igual
Son prisioneros del terror de lo igual

Cuántas personas viven centradas en los “atracones de series”, facilitando la continuidad serial en el funcionamiento de nuestra mente, cebadas como ganado consumiendo vídeos y películas sin límite, porque todo el mundo lo hace, aprovechando que no sabemos estar solos. Cuántas personas viajan por el mundo sin experimentar nada. Todos iguales, preocupados de hacerse fotos y selfies para luego colgarlos en redes sociales esperando el me gusta de sus contactos. Incluso les gusta más la difusión de esas fotos y selfies que el viaje en sí, porque no se puede dejar de ser como los demás. Cuántas personas entran en Facebook o Twiter y sólo se relacionan con otras personas que son iguales a él o ella, que piensan igual que él o ella, pasando de largo de los desconocidos y de gente que piensa de manera distinta. Buscamos lo igual y expulsamos lo distinto. Asistimos a la expulsión y a la eliminación de lo otro-distinto pero sin usar la represión. Esto convierte este tiempo en una singularidad destacable. El Poder para conseguir lo que quieren ya no necesita oprimir, ni reprimir, ni censurar, ni restringir. Byung-Chun Han no está diciendo que se haya terminado la violencia. La violencia actúa como siempre, para nuestra desgracia, pero con otro plan de ataque. El actual Poder ya no teme la libertad. Y es que de la libertad ya no surge ningún contrapoder, no surgen alternativas competentes que pongan en peligro su hegemonía.

Somos la sociedad más libre que haya existido nunca jamás en toda la historia de la Humanidad. Y, seguramente, nunca antes un poder hegemónico controló a una Humanidad tan dócil como la de ahora. 

Byung-Chun Han

Los productos en las redes son consumibles de forma igual. El terror de lo igual alcanza todos los aspectos de nuestra cultura. Las redes se convierten en no-sociales al conocer personas iguales y vínculos iguales que piensan y sienten igual que uno. Nuestro horizonte de experiencia se vuelve muy estrecho y solo se reproduce el Yo de forma reiterativa. Lo igual no duele, no crea conflicto, tampoco indagación ni conocimiento – al dejar la atención a merced de la información que producen los creadores de contenido y los diseñadores y programadores de las grandes plataformas tecnológicas, el ser humano entra en un estado de pasividad, aunque no de quietud, y abandona la posibilidad de transformar su mente en sabiduría-. La ausencia de dolor da paso al “Me gusta” – no requiere conflicto- y éste es el alimento predilecto de lo igual. El neoliberalismo produce injusticia y desigualdad social y son propias de la explotación y de la exclusión porque todo lo que no sea igual lo elimina.

El narcisismo es un producto consumible
El narcisismo es un producto consumible

Y es común hablar de autenticidad, teñido de un barniz de libertad. Hoy todo el mundo quiere ser distinto a los demás pero en esa pauta de ser distinto persiste lo igual. El esfuerzo por ser autentico y no parecer a nadie impone un pensamiento en comparación a los demás. Ese giro hace que la alteridad se convierta en igualdad. Es decir, todo el mundo actua de igual manera, buscando esa autenticidad que da paso al ser alguien en las redes. Actualmente, en medio de una aparente pruralidad, no se advierte lo igual. Eso hace que la diversidad -diferentes formas de ser diferente- pueda ser explotable y consumible. La sociedad de consumo apunta hacia las diferencias, pero solo a las que puedan ser consumibles, comercializables. Por eso vemos, también, que todo lo alternativo y contra-cultural se convierte en productos consumibles. Cuántas camisetas del Che Guevara se habrán comprado en el mundo a lo largo de estos años con el pretexto de ser diferente, antisistema. Todo un negocio perfecto bañado de libertad. Esta constante búsqueda de autenticidad produce un exceso de narcisismo, que no es lo mismo que el amor a sí mismo ya que éste no excluye al otro.

Prueba de ello es la adicción a los Selfies, que no es más que la autoproducción de uno mismo. Los Selfies expresan el Yo vacío e inseguro. Miedo a la nada.

Al parecer hemos llegado al punto en el que existe finalmente una conciencia más o menos generalizada -y ciertamente en aumento- de que la tecnología digital está afectando seriamente algunas de las facultades más básicas del ser humano -fundamentalmente, la atención, la voluntad y la capacidad de conectar de manera íntima, sin mediación. Tristan Harris, ex desarrollador de Google, comentaba que las compañías de teléfono no tenían a cientos de diseñadores e ingenieros trabajando todos los días –sirviéndose de la última investigación no sólo en cuestiones de desarrollo y marketing sino de neurociencia y psicología conductual- para hacer más atractivo tu teléfono con la intención de que pases más tiempo usándolo.  The Economist recientemente anunciaba que los datos son ya el recurso más valioso en el mundo, superando al petróleo. Steven Kotler, autor de un reciente libro que investiga cómo la dopamina está alimentando la economía, sugiere que alterar los estados de conciencia es de una manera sutil el motor económico de la economía mundial.

Es la dopamina, que aumenta al interactuar con el newsfeed de Facebook, al anticipar likes de Instagram o al pensar que tal vez hemos recibido un mensaje, la que nos hace seguir pulsando la pantalla y pasando más tiempo “conectados” -tiempo que es siempre monetizado. El problema yace en que la tecnología -esencialmente amoral- no está siendo diseñada para beneficiar al ser humano, como eje principal, sino para producir más ganancias dentro de una tiránica economía global que tiene como fundamento el crecimiento infinito y no la verdadera prosperidad.

Conectados. Incluso en medio de la selva en Indonesia
Conectados. Incluso en medio de la selva en Indonesia

Pero qué es la dopamina y cómo efectúa lo que se conoce como el sistema de recompensa.  Robert Sapolsky, profesor de biología de Stanford, es uno de los principales expertos en el tema. Mientras que la dopamina suele llamarse “el neurotransmisor del placer”, Sapolsky ha matizado que en realidad la dopamina es el neurotransmisor de “la anticipación del placer”. La diferencia es importante puesto que es esta anticipación de una recompensa (el placer) la que que nos impulsa hacia lo que se conoce como tareas orientadas hacia una meta y la cual permite una psicología conductual, o el reforzamiento de ciertas conductas a través de la promesa de una recompensa. La dopamina es lo que media o regula la motivación que sentimos para hacer algo. Tristan Harris sugiere que las plataformas de Internet funcionan de manera similar a los casinos, jugando con los estímulos de una “recompensa variable”, y que los teléfonos pueden ser vistos como máquinas tragamonedas (slot machines). Aunque el placer que recibimos puede ser pequeño, el hecho de que la posibilidad esté siempre ahí, disponible, y que los mismos placeres estén intercalados de nuevas posibilidades y limitados a dosis intermitentes, es lo que los hace tan adictivos. Harris explica que al usar estas apps no sabemos si descubriremos un mail interesante, una avalancha de likes o nada. “Cada vez que haces un scrolldown es como una máquina tragamonedas de Las Vegas. No sabes lo que viene después. A veces es una foto hermosa. A veces es sólo un anuncio”.  El botón de like, implementado en el 2009, incrementó exponencialmente el engagement de los usuarios y puede considerarse un hito en la historia de las redes sociales -luego sería copiado por casi todas las otras redes. Un éxito rotundo no sólo porque afirmaba la necesidad de pertenencia y reforzamiento social de los usuarios, sino porque al hacerlo generaba una mina de oro de datos.

“Cada vez que haces un scrolldown es como una máquina tragamonedas de Las Vegas. No sabes lo que viene después. A veces es una foto hermosa. A veces es sólo un anuncio”

Tristan Harris

Ramsay Brown, cofundador de la startup Dopamine Labs, una compañía que abiertamente ofrece servicios para hacer que una app se vuelva adictiva aprovechando el sistema de recompensa de dopamina, explicó al popular programa 60 Minutes que Instagram, por ejemplo, en ocasiones retiene la notificación de los likes para soltarlos juntos en una ráfaga, en un momento predeterminado algorítmicamente “para hacerte sentir extragenial y asegurarse de que regreses”. La compañía de Ramsay Brown, Dopamine Labs, incluso ha desarrollado un software inteligente llamado perversamente Skinner (como el psicólogo B. F. Skinner) que monitorea el comportamiento de los usuarios de cualquier app y conforme a esos datos hace recomendaciones para alterar la conducta de los usuarios y aumentar el tiempo de retención. Nuestros hábitos navegando en Internet y nuestros hábitos usando nuestro smartphone van entrenando nuestra atención a motivarse sólo cuando hay una promesa de una recompensa avisada por una estimulante señal (como los botones rojos que nos llaman a checar nuestras notificaciones en Facebook, como si se tratara de algo urgente). Asimismo, el multitasking característico de la experiencia en línea de múltiples pestañas y de las push-notifications de los teléfonos hace obviamente que vivamos en lo que ha sido llamada una “continua atención parcial”, que estemos poquito en muchas partes a la vez, pero no enteramente en ningún lugar. En gran medida la dopamina digital es la droga del mindlessness y es una de las grandes razones por las que se ha vuelto tan popular el movimiento del mindfulness, un urgente antídoto que también está siendo cooptado por la economía capitalista, reduciéndolo al llamado “McMindfulness”, bajo la lógica perversa de primero crear la enfermedad y luego vender el remedio, muy alejado del sentido filosófico asociado a la meditación. La privatización del mindfulness no tiene en cuenta las causas sociales y organizacionales del estrés y del malestar, sino que más bien al contrario promueve la adaptación a estas circunstancias. La popularidad de la nueva marca mindfulness ha mercantilizado la meditación a través de libros de autoayuda, clases de meditación guiada y retiros de mindfulness. Y eso no es meditación.

McMindfullness o cómo encontrar la felicidad en 5 pasos
McMindfullness o cómo encontrar la felicidad en 5 pasos

Existe un importante grupo de ejecutivos, programadores y diseñadores de empresas como Google, Facebook, Twitter y demás, que están dejando sus puestos, apagando sus aparatos y “sonando el silbato” para advertir sobre las profundas consecuencias que tiene el estar desarrollando tecnología supeditada a las demandas de lo que ha sido llamada la “economía de la atención”. 

Llama la atención un reciente artículo de The Guardian en el cual se menciona a por lo menos cinco importantes ex empleados de empresas de Silicon Valley que no sólo han renunciado a sus puestos, sino que incluso se han impuesto severas restricciones en su “dieta digital” para evitar perder el tiempo en redes sociales o checando en exceso sus teléfonos, mismas que han aplicado con sus familias. Hace unos años salió una nota que mencionaba que Steve Jobs no dejaba que sus hijos usaran los iPads que él mismo había creado. Los insiders saben que hay algo que lastima seriamente nuestra humanidad al pasar tanto tiempo conectados. Actualmente, por ejemplo, diversos estudios muestran que una persona toca en promedio 2 mil 617 veces su teléfono al día y lo checa cada 15 minutos; en Estados Unidos, en el 2015, los niños de entre 13 y 18 años pasaron 9 horas al día conectados a medios digitales; los niños de 8 e 12 años pasaron 6 horas al día.

Cuando el usuario medio abre su teléfono o su navegador, todo responde a la misma lógica subyacente: enviar información a no se sabe muy bien quién y recibir información de no se sabe muy bien quién. Compartir. Pero cuando compartimos somos trabajadores sin salario para un jefe anónimo, generamos contenido para las plataformas y, por tanto, tráfico y visitas. Esa vorágine engancha. Nos hace perder la atención, aunque no nos damos cuenta porque estamos distraídos, o porque hemos caído en un nihilismo tan profundo que no creemos que la vida tiene sentido, y entonces realmente no importa mucho a qué le dediquemos nuestro tiempo, es más, lo mejor que podemos hacer es entretenernos para no encontrarnos con nosotros mismos, allá donde tus miserias afloran aquello que no queremos ver. Así no tendremos miedo, viviremos en la superficialidad, teniendo como unica libertad la elección de tu marca de smartphone o decidir contra quien vas a dirigir tu indignación en las redes sociales. Hasta que venga una pandemia y no sepamos que hacer…

“No tenéis futuro, chavales. Salvo que cambiéis, no que os cambien los demás.”

Julio Anguita. DEP

  • Byung-Chun Han: La expulsión de lo distinto. Ed Herder (2017). Barcelona
  • ABC. Byung-Chul Han: «Hoy no se tortura, sino que se “postea” y se “tuitea”». Recuperado de: link
  • A. Martínez Gallardo¿Qué es la dopamina digital y cómo se convirtió en la droga más popular y adictiva del mundo?. Recuperado de: link
  • The Guardian. ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia. Recuperado de: link
  • The Economist. The world’s most valuable resource is no longer oil, but data. Recuperado de: link
  • Claudio Álvarez Teran: La expulsión de lo distinto. Recuperado de Youtube: link



Recent Comments

  1. 17 mayo 2020

    Braulio Varela Fuentes

    A todo esto se llama globalización.
    Por otro lado, si no existiera toda esta tecnología, no sabríamos de tus publicaciones ni de otras tantas. Todo esto nos abre una puerta a la información.
    Lo malo no son las redes, si no el uso que se haga de ellas.
    No obstante, creo que el problema está en la edad a que se interactue con las mismas, creo que primero tenemos que tener una mente madura, y no madurar en ellas.

    • 17 mayo 2020

      Jordi Varela

      Por desgracia las redes no estan al servicio del usuario sino que se han convertido en una herramienta de consumo. Así funciona la globalización, que tu mencionabas. Por eso, los grandes propietarios de éstas anteponen su beneficio económico antes que nada. No solo tenemos que tener cierta madurez en su uso sino que ser conscientes de que estan hechas para crear adicción. Así se explica los numerosos casos de Silicon Valley donde conocedores de su funcionamiento se alejan de ellas. Gracias por tu aportación, Braulio.

  2. 18 mayo 2020

    Joan Márquez

    Estoy totalmente de acuerdo Jordi. Muy buena reflexión. Un saludo

    • 18 mayo 2020

      Jordi Varela

      Gracias, espero que, entre todos, podamos tener una consciencia más amplia del mundo que nos rodea sabiendo que estamos más maniatados de lo que creemos. Un abrazo Joan.

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